Yo sabía que no era lo correcto, y probablemente por eso, ahora estoy aquí.
Era una buena mañana, y como todos los días, veía cómo mi mamá preparaba mi lunch. En mi pequeña lonchera, muy bien acomodados, estaban mi sandwich y mi jugo, solamente faltaba lo único que, de acuerdo a mí, valía la pena. Ya estaba acostumbrado a aquella rutina que me esperanzaba para todo el día: agachándose, en su pijama azul con florecitas, mi mamá jalaba el banquito, lo acercaba a la gabeta de la derecha junto al refrigerador y de ahí sacaba, resplandeciente, con brillo propio, mi barra de delicioso chocolate. Pero aquella mañana algo había cambiado; faltaba ya poco para la hora en la que usualmente me llevaban a la escuela y aún no jalaba el banquito. Esperando, pacientemente, ese mágico momento nunca llegó. En vez de buscar la gabeta de todas las mañanas, abrió el refrigerador, se agachó y de la bandeja que más odio en toda la casa, sacó una manzana, la acomodó junto con mis demás alimentos y la cerró. Yo creía que con mi cara todo había quedado claro: mi desconcierto, mi asombro y a la vez perplejidad estaba marcada en toda mi cara, pero mi mamá parecía no captarlo, entonces, tuve que preguntarle:
- ¿Una manzana? ¿Porqué? ¿...Y mi chocolate?
- Mi vida, hubo una junta escolar y la directora ha quedado con nosotros en prohibir los dulces en la escuela, entonces, de ahora en adelante, te mandaré fruta. Mañana tú puedes elegir la que quieras.
‘¡¿Qué?!’ pensé. No podía creerlo. Aún con mi rostro tapeado de incredulidad, mi mamá me dio un beso en la frente y se despidió de mí.
Camino a la escuela seguía pensando en aquél incidente, grave incidente que sucedió en la cocina. Mi papá me hablaba y hablaba, pero yo no ponía atención. Él parecía no darse cuenta, finalmente llegamos a mi primaria, se despidió de mí y, como un zombie, caminé hasta mi salón. Era lunes; los lunes, usualmente, el salón se llenaba de voces y gritos, ese día, el salón estaba lleno de silencio, puro e inocente silencio.
Después de lo que pareció una semana entera para mí, entró la maestra al salón, acomodó sus cosas en el escritorio, y comenzó a hablar.
-Niños, ¡buenos días! ¿Cómo les fue el fin de semana? - preguntó con una sonrisa en su rostro. Nadie contestó. - Bueno...tal vez sus papás ya les comentaron algo al respecto, pero por si acaso lo comentaré. La escuela ha llegado a la decisión de no vender dulces, y tampoco de que los coman dentro de la escuela; esto es por que se busca que ustedes coman mejor, más sano. ¡¿A quién le gustan las manzanas?! - preguntó emocionada, a lo cual, nuevamente, nadie contestó. - Bueno...espero que respeten ésta nueva regla. Si alguno es sorprendido comiendo dulces, va a tener que ser llevado con la directora y ella les pondrá una sanción. Bien, empecemos con la clase de hoy. Hoy vamos a hablar de el Porfiriato; a esta época se le llamaba...- No podía creerlo. ¿Cero dulces en la escuela? Volteé a ver a mis demás compañeros y todos se veían igual de perplejos que yo, era un salón lleno de zombies, incluso mi mejor amigo, Carlos, se veìa increíblemente triste, y eso que él era el mejor cuenta chistes de todo el salón.
En el primer receso usualmente todos comíamos nuestro lunch. Ahora todos abrían sus loncheras con cara de decepción y tristeza. La mayoría llevaban manzanas, pero también había peras, duraznos y uno que otro plátano; a los más afortunados, su respectiva fruta iba acompañada de un poco de chilito con limón.
El día terminó y regresé a casa, era hora de la comida y no tenía hambre. Comí lo suficiente para no despertar una pelea en la mesa y me fui directo a mi cuarto. Toda la tarde la ocupé en pensar en mi problema, ese gran problema que me atormentaría por el resto mi vida, no me imaginaba el resto de mis días sin dulces, sin aquél dulce fin a esos 20 minutos de delicia culinaria. Después de unas horas, decidí despejarme un poco la cabeza.
- ¡Mamá, voy a casa de Carlitos! - le grité desde el pie de las escaleras, y sin esperar una respuesta, me fui.
Llegué a casa de Carlos, toqué el timbre y me abrió su mamá.
- ¡Hola Checo! Te ves muy triste. Carlitos está igual, no sé qué le pasa, pero qué bueno que viniste, a ver si se anima.Sí, gracias Señora, con permiso.
Subí las escaleras hasta llegar a la puerta llena de calcomanías de luchadores de la WWE. Abrí la puerta, y ahí estaba mi amigo, tirado en la cama junto con Místico, su perro schnawzer, el cual, cabe mencionar, era el perro más alegre del mundo; yo creo que, entre sus amigos perros, debe ser igual que Carlitos, el perro mejor cuenta chistes, pero ese día se veía tan deprimido como él, como si le hubiera contagiado con su tristeza.
- Hola Carlitos.- No hubo respuesta. Me paré junto a él. - ¿Carlitos?
- Sin dulces. - Me respondió con la mirada fija al techo. - ¿Puedes imaginarlo? ¡Sin dulces! ¿Qué vamos a hacer?
- Ya sé - me recosté junto a Místico. No se inmutó. - Tenemos que hacer algo.
Toda esa tarde nos dedicamos a idear un plan para sobrevivir los días de escuela. Después de un rato de silencio, se me ocurrió:
- ¡Vendamos dulces en la escuela! - Carlos, desde que llegamos no me había volteado a ver, pero aparentemente dije las palabras mágicas para que me dedicara una mirada. - ¡Sí! Compremos dulces y los vendemos en la escuela. ¿Te imaginas todos los días como hoy? Llegar a un salón lleno de silencio, con un ejército zombie, que a la hora del recreo ni siquiera el golpeo de una pelota se pueda escuchar. Tenemos que hacerlo.
Decidido, Carlitos rompió su alcancía de cochinito y comenzó a contar su dinero.
- Tengo $67 pesos.
- Yo tengo $49. Vamos a la tienda.
Salimos de la tienda con una bolsa llena de chocolates, teníamos 40 chocolates.
Ya era tarde, entonces, cada quién se fue a su casa. Yo me llevé la bolsa con nuestro tesoro. Llegué a casa y, como si llevase algo ilegal, furtivamente subí a mi cuarto a buscar un escondite digno del botín justo a tiempo para que mi mamá no viera lo que tan celosamente guardaba.
- Hola Checo, ¿cómo está Carlitos? - Me sentía muy nervioso, las manos me sudaban y sentía una gota más recorrer mi espalda. Respondí lo más tranquilo que pude.
- Bien ma, está muy bien.
Cuando me di cuenta, ya era la mañana siguiente. Emocionado, como si fuera Navidad, me desperté antes de que sonara mi despertador. Me dirigí hacia el lugar donde había escondido la bolsa de chocolates y, procurando no hacer ruido, comencé a acomodarlos en mi mochila. Todo lo demás en la mañana siguió normal: me bañé, bajé a desayunar, y a continuación, vi cómo, nuevamente, mi mamá con esa pijama azul de florecitas, sacaba ahora un durazno del refrigerador y lo ponía cuidadosamente en mi lonchera. Salí de la casa, me metí al coche, llegué a la escuela y justo en la entrada, me encontré a Carlitos.
- ¿Los trajiste?
- Sí.
Caminamos juntos hasta el salón y durante toda la mañana, no alejamos la vista del reloj, esperando impacientemente a que diera la hora de receso. Finalmente, lo que parecía una eternidad, llegó la hora.
No sabía exactamente cómo iba a funcionar todo, pero algo se me tenía que ocurrir lo suficientemente discreto para mantenerlo en el anonimato. Carlitos se ocupó de correr la voz y, en seguida, los compañeros empezaron a llegar. Todos, con voz baja, me preguntaban si era cierto, si el rumor era verdad. Todo era verdad.
Al paso de los días, sin que me diera cuenta, nuestro ánimo por sobrellevar los días en la escuela se había convertido en un lucrativo negocio y era aparente que era yo el que llevaba el mando. Las ganancias eran suficientes para que solamente yo me dedicara a todo, y poco a poco Carlitos lo comenzaba a resentir.
Nos distanciamos mucho, eso era palpable, y mis intentos por poder alejar la amistad de lo que parecía romperla, eran en vano. Comenzaba a mirarme despectivamente, como para abajo. Sentía cómo antes nuestras tardes ya eran solamente mías y las suyas, a parte.
Ya iban como 4 meses desde que comenzó todo y los profesores comenzaban a sospechar. Creo que había estado tan cómodo en mi espacio que no había notado lo difícil que empezaba a ser mantener todo en secreto, y Carlitos parecía notarlo también. Temía que su ahora resentimiento hacia mí lo llevara a tomar una mala decisión. No era posible, éramos amigos; él no iba a dejar que unos cuantos dulces se metieran entre nosotros.
Era una mañana como cualquiera, me levanté al sonido de mi horrible despertador y comencé a vaciar los chocolates en mi mochila. Desayuné, una manzana iba a mi lonchera, me subí al coche y llegué a la escuela. El reloj marcaban ya las 10 de la mañana. Receso.
Cada día, en punto de las 10am, como un ritual bien conocido por todos, se me acercaban uno por uno junto al basurero del patio a pedirme aquél manjar que les hacía su día entero, pero ese día algo estaba pasando; todos los que usualmente llegaban a pedirme desesperadamente una pieza de chocolate no llegaban, llegaron uno, dos o tres, ni siquiera estoy seguro de que haya habido un tercero hasta que me di cuenta que todos se dirigían hacia el otro extremo del patio. En seguida, le pregunté a una niña que estaba junto de mí qué sucedía.
- Carlitos tiene dulces de tamarindo.
Tardé un poco en procesar la información. ¿Cómo es que él no me había dicho nada? Sonó la campana, tuve que regresar al salón. La clase entera olía a tamarindo, ese rico dulce con picante. No podía creerlo. Buscaba su mirada pero él la evadía. La busqué una última vez y ahora me miró de vuelta con una sonrisa burlona. No lo volví a ver en lo que restó del día.
Cuando llegué a casa decidí que lo mejor era ir a verlo y platicar de lo que había pasado. A final de cuentas, él era mi mejor amigo y no podía dejar que esta situación que durante tanto tiempo ignoré siguiera creciendo.
Toqué el timbre, me abrió su mamá, y me recibió con una amable sonrisa.
- ¡Checo! Hace mucho que no venías a la casa. Pasa, pasa. Carlitos está encerrado en su cuarto.
Pasé, subí las escaleras y, como nunca antes lo había hecho, toqué. Se escucharon ruidos y pasos torpes, me abrió y de una cara nerviosa, pasó a ser una semblanza de decepción.
- Eres tú. ¿Qué haces aquí?
- Vine a verte Carlitos, hace mucho que no platicamos ¿Qué haces? - Pasé sin que me lo dijera.
- Nada. ¿Qué quieres? Contestó cortantemente.
- ¿Qué te pasa?
- ¿Qué me pasa? Nada. ¿A qué viniste?
- No entiendo qué es lo que sucede. ¿Porqué me hablas así? ¿Porqué estás tan enojado conmigo?
- ¿Porqué? ¿Me preguntas porqué? ¡Me dejaste fuera!
- ¿Fuera de qué?
- ¡Fuera del negocio! No sé en qué momento decidiste que podías hacerlo solo, pero sabes qué, los dos podemos, sí, los
dos podemos competir en ésto, y no me vas a ganar.
- ¡¿Competir en qué?! Carlitos, ¡estás loco!
- Claro que no, yo vi cómo es que te emocionaba ser el más popular de la escuela, pero ahora verás cómo es que yo lo soy, cómo es que todo el mundo me va a buscar a mí y no a tí. Tus chocolates ya hartaron a todos, ahora soy yo al que quieren.
- Carlitos, ésto no tiene nada que ver con que quiera ser popular o no, tú sabes que eres mi mejor amigo.
- ¡Ah! ¿Lo soy? Pues no lo creo. Yo creo que elegiste a tus chocolates en vez de a mí, ahora por favor salte porque tengo que salir a comprar más dulces.
Desilusionado, triste, y sin saber qué hacer, opté por salir. No nos dijimos nada más.
Después de ese día, todo se convirtió en una guerra. Así como las describen en las noticias, llena de enojo, odio y codicia, sentía como el ambiente estaba tenso en el salón de clases, no sólo en el salón, sino en la escuela entera. Era obvio cómo es que los maestros empezaban a sospechar, pero eso no era lo que me preocupaba; el conocer a donde podríamos llegar él y yo era lo que más me preocupaba.
La batalla fue ardua, intensa, decisiva...letal; una batalla a muerte. La ley del más fuerte. Sólo el mismísimo Darwin hubiera entendido de lo que estaba hablando. El rumor, que, en efecto, era cierto, llegó a oídos de las autoridades.
Ahora, heme aquí, cara a cara con ‘mi mejor amigo’, el buen Carlitos, deseando nunca haber entrado a un mundo tan turbio, tan disperso, tan volátil, como el de los dulces clandestinos.