Cuando yo entré a secundaria tenía once años. No es como si pasar de la primaria a la secundaria sea cosa de nada, es algo bien importante, es como anunciar tu debut ante la sociedad. Considero que la secundaria es el primer paso a una etapa totalmente romántica e inolvidable de la vida: conoces a tus verdaderos amigos, tienes tu primer beso, tu primer amor, tal vez tu primera peda, y como toda buena alumna (se me olvidaba también tu debut académico importante) yo me preparaba para dar ese primer paso. Mochila nueva, zapatos nuevos, en mi caso también un cambio de uniforme, y claro, cambio de útiles; ya dejas de usar lápiz y pasas a, oh sí, una pluma, y ese especialmente importante cambio debe tener un lugar digno para guardarse.
Estaba yo paseándome en el centro comercial con mi mamá y dimos unas cuantas vueltas a Liverpool. En una de esas vueltas, pasamos por el departamento de mochilas y útiles (era el término del verano entonces había útiles escolares), y entonces vi una bolsita verde. Era un estuche. Era pequeño, de una bonita tela y tenía una pequeña pera con ojitos y una sonrisa, su pequeño tallo tenía una hojita. Le rogué a mi mamá que me lo comprara, ella no quería, era muy caro; le rogué y rogué pues lo iba a cuidar mucho y me iba a durar mucho tiempo, por lo menos eso le argumentaba yo. Finalmente, me salí con la mía y lo compramos.
Muy felizmente, con mi nueva adquisición llegué a mi casa, saqué mis colores y mis nuevas y flamantes plumas de sus empaques y me dispuse a acomodarlos en mi nuevo y verde estuche. No podía esperar a darle uso al comienzo de las clases.
Realmente yo nunca pensé que todas mis promesas a mi madre cuando me lo compró fueran a ser cumplidas, era un medio para llegar a un fin que consideraba efímero, como todas las cosas, pero hasta el día de hoy aún ese verde estuche con la amigable y sonriente pera existe, y ahora me acompaña, a veces, a la Universidad.
El estuche ha pasado por innumerables manos y todavía más plumas y plumones. Es el legado que mis compañeros de clase y más queridos amigos me han dejado, ese estuche guarda tantos secretos e historias en sus garabatos mal rayados que tiene toda una vida qué contar por sí solo. Pero el legado más grande que me ha dejado ha sido mi media pera.
Ya con mugre (nunca lo he lavado, ni lo haré), con un desgastado color verde, pasó a la preparatoria conmigo. No recuerdo bien cómo pasó, pero un buen día decidí que tal vez no todos podemos encontrar nuestra media naranja, ni siquiera intentaría en buscarlo, simplemente me llegó una fruta diferente. Ni siquiera sabía que yo tenía una media pera. Ese, aparentemente, insignificante estuche me ligó con una de las personas más importantes de mi vida; mi mejor amigo de la prepa fue mi media pera desde el instante en que lo vi en aquél salón de clases. Un buen día, decidimos formalizar las cosas, llevar la relación al siguiente nivel. Él, sin ser zurdo, siempre elegía aquella banca banca a manera que nuestras paletas quedasen completamente juntas. Era muy bonito, nos compartíamos el espacio de trabajo y nos escribíamos mensajes en la banca del otro, se podría decir que fue como mi primer departamento compartido, mi primer 'roomie'. Todo se dio de manera tan natural que más que un esfuerzo por reconocer y abrazar lo que estábamos haciendo, parecía agradarnos a los dos y darnos una felicidad muy grande, era algo que los dos habíamos creado y solamente le encontrábamos significado entre nosotros, digo ¿quién más tiene una media pera? Claro que todos argumentan acerca de la naranja, pero yo encontré algo mucho más especial: mi media pera. Fue algo así como decidir que compartiríamos el resto de la prepa juntos, fue como nuestro contrato de un año y medio para nuestro nuevo departamento. Fácil, amigable, pero sobre todo, con un gran sentido de significado y conexión única.
Es así como puedo decir que me siento especial por ser la única persona que conozco que ha encontrado a su media pera.