Dostoievski. Suena intelectual, ¿no? Suena a ese tipo de autores que alguien lee cuando está presumiendo en una cena de, claro, más intelectuales. ‘¿Qué lees? - Estoy leyendo a Dostoievski’; ya ni yo me la creo, lo más curioso es que como que sí le entiendo.
En un espacio en clase iba a cometer la insensatez de decir que lo más difícil de leer a Dostoievski son los nombres, pero ¿qué tanto he leído de él como para asegurar eso? Yo sé, lo sé, estoy consciente, de que para poder entender un autor no es suficiente leer dos o tres cuentitos que hizo un día que se levantó al baño en la mañana a echarse el mañanero, porque me imagino que lo que leí, así como ‘le entendí a todo menos a los nombres’ (¡Ay, ajá!), fue algo tan sencillo que mi pequeñísimo intelecto pudo captar.
No se me hace justo pedir que redacte algo de un autor que a duras penas y tenido la oportunidad de leer dos o tres líneas, pero lo que sí puedo hacer es expresar, o por lo menos intentarlo, lo que me transmitió como autor.
Quiero, también, expresar mi sentir ante un blog de internet. En seguida, éste tipo de espacios se vuelven una inmediata referencia para el lector. ¿Bueno o malo? Depende, en palabras de Jarabe de Palo. Todo lo que encontramos en la Web debe ser tomado con mucho criterio, tanto como para saber que así como yo, hoy, estoy escribiendo en un espacio (infinitamente) público, cualquier puede hacerlo, así que me basto de éste mismo medio para advertir que sé que un lugar como éste es para tomarse en serio, y como tal, para advertir a todos los lectores que he atrapado con éstas pocas palabras, yo no soy nada seria. Habiendo aclarado la situación, procedo a deshacer ignorantemente lo poco que he leído y que sé de Dostoievski.
Al momento del debate en clase acerca de éste autor, el profesor nos comenzó a dar una pequeña semblanza de su vida y obra; su estilo y todo su ‘back’ dando justificación a su estilo literario. Leer a Dostoievski, es escucharlo. Es ir sintiendo cómo cada palabra tiene un tono y va creciendo más y más, prácticamente puedes escuchar ese sentimiento con el que fue escrito originalmente. Ya sea el personaje o él mismo, deja una parte de sí en todas y cada una de las palabras que dicta. En mi caso, yo leí dos cuentos cortos, uno de ellos algo parecido a un monólogo. Con ese ejemplo, sentí como era él el que hablaba, su sentir, su ser, su pensamiento se veía reflejado ahí. Terapéuticamente escrito, ahí se encontraba lo que él estaba pensando aquella mañana que se levantó a hacer del baño.
Creo que es una lectura muy llevadera, que, aunque muchas personas piensen que le da muchas vueltas al asunto, no se me hizo redundante en lo absoluto, sino al contrario, confirmaba todos y cada uno de los detalles que él veía en su interior. Sentí cómo es que él vivía su lectura, la sentía, la veía...la plasmaba como un cuadro, una foto bellamente tomada hasta con el más mínimo detalle, y que dentro de toda esa crudeza, ese contexto cruel y directo, existía una ternura; una textura literaria casi imperceptible que te permitía sentir lo suave de aquél áspero retrato que tan nítidamente describía.
El sentimiento a flor de piel es lo que, en mi opinión, hace a un buen autor. Tener la capacidad de transmitir una imagen con la mera esencia que se quiere expresar, es una herramienta invaluable para el escritor. Es un pintor con letras, un fotógrafo mental. El sentir cómo al paso de la lectura se va sintiendo la fuerza con la que escribe es una conexión única que, a mí parecer, éste señor tiene.
Lástima que no pueda hacer uso de más herramientas literarias, por el momento, en las cuales basarme para seguir y seguir deshaciéndolo. Por el momento, les dejo la recomendación de transportarse a una de sus lecturas.
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