viernes, 29 de octubre de 2010

Mi ignorancia se sienta a leer junto a Dostoievski.

Dostoievski. Suena intelectual, ¿no? Suena a ese tipo de autores que alguien lee cuando está presumiendo en una cena de, claro, más intelectuales. ‘¿Qué lees? - Estoy leyendo a Dostoievski’; ya ni yo me la creo, lo más curioso es que como que sí le entiendo. 
En un espacio en clase iba a cometer la insensatez de decir que lo más difícil de leer a Dostoievski son los nombres, pero ¿qué tanto he leído de él como para asegurar eso? Yo sé, lo sé, estoy consciente, de que para poder entender un autor no es suficiente leer dos o tres cuentitos que hizo un día que se levantó al baño en la mañana a echarse el mañanero, porque me imagino que lo que leí, así como ‘le entendí a todo menos a los nombres’ (¡Ay, ajá!), fue algo tan sencillo que mi pequeñísimo intelecto pudo captar.
No se me hace justo pedir que redacte algo de un autor que a duras penas y tenido la oportunidad de leer dos o tres líneas, pero lo que sí puedo hacer es expresar, o por lo menos intentarlo, lo que me transmitió como autor. 
Quiero, también, expresar mi sentir ante un blog de internet. En seguida, éste tipo de espacios se vuelven una inmediata referencia para el lector. ¿Bueno o malo? Depende, en palabras de Jarabe de Palo. Todo lo que encontramos en la Web debe ser tomado con mucho criterio, tanto como para saber que así como yo, hoy, estoy escribiendo en un espacio (infinitamente) público, cualquier puede hacerlo, así que me basto de éste mismo medio para advertir que sé que un lugar como éste es para tomarse en serio, y como tal, para advertir a todos los lectores que he atrapado con éstas pocas palabras, yo no soy nada seria. Habiendo aclarado la situación, procedo a deshacer ignorantemente lo poco que he leído y que sé de Dostoievski.
Al momento del debate en clase acerca de éste autor, el profesor nos comenzó a dar una pequeña semblanza de su vida y obra; su estilo y todo su ‘back’ dando justificación a su estilo literario. Leer a Dostoievski, es escucharlo. Es ir sintiendo cómo cada palabra tiene un tono y va creciendo más y más, prácticamente puedes escuchar ese sentimiento con el que fue escrito originalmente. Ya sea el personaje o él mismo, deja una parte de sí en todas y cada una de las palabras que dicta. En mi caso, yo leí dos cuentos cortos, uno de ellos algo parecido a un monólogo. Con ese ejemplo, sentí como era él el que hablaba, su sentir, su ser, su pensamiento se veía reflejado ahí. Terapéuticamente escrito, ahí se encontraba lo que él estaba pensando aquella mañana que se levantó a hacer del baño. 
Creo que es una lectura muy llevadera, que, aunque muchas personas piensen que le da muchas vueltas al asunto, no se me hizo redundante en lo absoluto, sino al contrario, confirmaba todos y cada uno de los detalles que él veía en su interior. Sentí cómo  es que él vivía su lectura, la sentía, la veía...la plasmaba como un cuadro, una foto bellamente tomada hasta con el más mínimo detalle, y que dentro de toda esa crudeza, ese contexto cruel y directo, existía una ternura; una textura literaria casi imperceptible que te permitía sentir lo suave de aquél áspero retrato que tan nítidamente describía.
El sentimiento a flor de piel es lo que, en mi opinión, hace a un buen autor. Tener la capacidad de transmitir una imagen con la mera esencia que se quiere expresar, es una herramienta invaluable para el escritor. Es un pintor con letras, un fotógrafo mental. El sentir cómo al paso de la lectura se va sintiendo la fuerza con la que escribe es una conexión única que, a mí parecer, éste señor tiene. 
Lástima que no pueda hacer uso de más herramientas literarias, por el momento, en las cuales basarme para seguir y seguir deshaciéndolo. Por el momento, les dejo la recomendación de transportarse a una de sus lecturas.

martes, 12 de octubre de 2010

Balzac...who?!

Con tan solo haber leído dos de sus historias, creo poder afirmar que éste hombre es un mago. Cuando menos te das cuenta estas inmerso no solo en una, sino en una infinidad de historias, sin darte cuenta lo dentro que está una de otra.
Que él es el Napoleón, el emperador de la Narrativa, pues no lo sé. Considero que habría que leer más de dos historias para poder afirmarlo o negarlo.
El 'sistema' (por llamarlo de una manera fría; extremadamente fría) en el que está basada la escritura de Balzac, es algo de lo que personalmente, nunca había escuchado en mi vida. Es como comparar (burdamente) lo que ahora podría ser una serie de televisión, con personajes fijos a los cuales los escritores respetan con su historia individual, es decir, para poder verlos de la manera más real posible, se respetan todos los datos, fechas, nombres, acontecimientos, personajes, etc. que han sido mencionados anteriormente para poder darle un giro de realismo a sus vidas. Como cuando Pinocho pidió ser un niño de verdad. Balzac, ya desde hace siglos, hace este seguimiento. Le hace de continuista, cinematográficamente hablando.
Me resulta impresionante éste tipo de detalles. Probablemente, si tuviese facebook ahora, sería atiborrado de mensajes de sus seguidores; también tendría una aplicación con frases de sus personajes, esos que se entrecruzan en las historias, y ¿porqué no? habría tests para los fans. Ese Balzac era...¡Tremendo!
Su manera de transportarte a la historia dentro de la historia...de la historia me impresiona. En un momento estas en un bosque, escuchando a quién sabe quién hablar de una historia quién sabe cual que te cuenta de who knows who y que tenía unos ojos horribles...para regresar al principio de todo y que te des cuenta que realmente el que contaba la historia de la historia...de la historia estaba en una fiesta y todo lo tradujo y lo sintetizó, para no aburrir y parafraseando, la historia de la historia de...¿qué historia?
La magia de la imaginación, eso es lo que creo que descubrió Balzac. Es algo así como la idea de la película de 'El Origen' pero como para alguien que en serio se puede meter hasta el fondo de una historia, tal vez hasta Balzac haya dejado a alguien en el limbo...Al Quijote, tal vez. En una de esas, Cervantes se quedó atascado y solo escribió lo que vivía en su limbo.
A final de cuentas, éste es el autor que me ha llamado más la atención. No quiero ser una hipócrita "invitando a la gente a que lea a éste excelente autor..."bla bla bla...porque ¿para qué hacerme? Empiezo yo, sigo chismeando, y dejo el farol.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Y...a todo ésto...¿qué es...?

Ese 'No' que realmente es un 'Sí'; no es. Ese 'adiós' que realmente es un 'búscame'; tampoco es. El rogar por un poco de cariño, por un poco de respuesta banal y simple; el ruego de una mirada, de una caricia o de un simple 'hola' es nada comparado con algo que, para ser sincera, no sé qué es. O por lo menos, no sé exactamente qué es.
Me imagino que es algo así como juntar todos los colores y hacerlos girar para dar en el blanco. Es algo tan oscuro que encuentras su pureza en ese negro contraste. ¿Contraste? ¿Entonces es un matiz en grises? Desde el blanco hasta el negro, cualquiera puede identificarse con un color. La no-definición de lo mismo es no encontrarse en ningún sentimiento. De lo único que puedo estar segura es en que la decisión del sentir está el ser. Lo sientes o no lo sientes. Así de simple.
No hay necesidad de pedir cariño, sino de regalarlo. No existe la posibilidad de pedir por una caricia o una mirada, porque eso es lo que te mataría. ¿Seguir viviendo en tortura, o morir por amor?

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Mi media pera.

Todos buscamos nuestra 'media naranja'. ¿Porqué una naranja? ¿Hay algo romántico que conlleve esa fruta de la cual yo no tenga conocimiento? De hecho, si me pongo a pensar bien las cosas, la naranja no está relacionada con muchas cosas que tengan que ver con el romance: la piel de naranja, día de muertos...¿Qué tiene todo aquello que ver con el amor?
Cuando yo entré a secundaria tenía once años. No es como si pasar de la primaria a la secundaria sea cosa de nada, es algo bien importante, es como anunciar tu debut ante la sociedad. Considero que la secundaria es el primer paso a una etapa totalmente romántica e inolvidable de la vida: conoces a tus verdaderos amigos, tienes tu primer beso, tu primer amor, tal vez tu primera peda, y como toda buena alumna (se me olvidaba también tu debut académico importante) yo me preparaba para dar ese primer paso. Mochila nueva, zapatos nuevos, en mi caso también un cambio de uniforme, y claro, cambio de útiles; ya dejas de usar lápiz y pasas a, oh sí, una pluma, y ese especialmente importante cambio debe tener un lugar digno para guardarse.
Estaba yo paseándome en el centro comercial con mi mamá y dimos unas cuantas vueltas a Liverpool. En una de esas vueltas, pasamos por el departamento de mochilas y útiles (era el término del verano entonces había útiles escolares), y entonces vi una bolsita verde. Era un estuche. Era pequeño, de una bonita tela y tenía una pequeña pera con ojitos y una sonrisa, su pequeño tallo tenía una hojita. Le rogué a mi mamá que me lo comprara, ella no quería, era muy caro; le rogué y rogué pues lo iba a cuidar mucho y me iba a durar mucho tiempo, por lo menos eso le argumentaba yo. Finalmente, me salí con la mía y lo compramos.
Muy felizmente, con mi nueva adquisición llegué a mi casa, saqué mis colores y mis nuevas y flamantes plumas de sus empaques y me dispuse a acomodarlos en mi nuevo y verde estuche. No podía esperar a darle uso al comienzo de las clases.
Realmente yo nunca pensé que todas mis promesas a mi madre cuando me lo compró fueran a ser cumplidas, era un medio para llegar a un fin que consideraba efímero, como todas las cosas, pero hasta el día de hoy aún ese verde estuche con la amigable y sonriente pera existe, y ahora me acompaña, a veces, a la Universidad.
El estuche ha pasado por innumerables manos y todavía más plumas y plumones. Es el legado que mis compañeros de clase y más queridos amigos me han dejado, ese estuche guarda tantos secretos e historias en sus garabatos mal rayados que tiene toda una vida qué contar por sí solo. Pero el legado más grande que me ha dejado ha sido mi media pera.
Ya con mugre (nunca lo he lavado, ni lo haré), con un desgastado color verde, pasó a la preparatoria conmigo. No recuerdo bien cómo pasó, pero un buen día decidí que tal vez no todos podemos encontrar nuestra media naranja, ni siquiera intentaría en buscarlo, simplemente me llegó una fruta diferente. Ni siquiera sabía que yo tenía una media pera. Ese, aparentemente, insignificante estuche me ligó con una de las  personas más importantes de mi vida; mi mejor amigo de la prepa fue mi media pera desde el instante en que lo vi en aquél salón de clases. Un buen día, decidimos formalizar las cosas, llevar la relación al siguiente nivel. Él, sin ser zurdo, siempre elegía aquella banca banca a manera que nuestras paletas quedasen completamente juntas. Era muy bonito, nos compartíamos el espacio de trabajo y nos escribíamos mensajes en la banca del otro, se podría decir que fue como mi primer departamento compartido, mi primer 'roomie'. Todo se dio de manera tan natural que más que un esfuerzo por reconocer y abrazar lo que estábamos haciendo, parecía agradarnos a los dos y darnos una felicidad muy grande, era algo que los dos habíamos creado y solamente le encontrábamos significado entre nosotros, digo ¿quién más tiene una media pera? Claro que todos argumentan acerca de la naranja, pero yo encontré algo mucho más especial: mi media pera. Fue algo así como decidir que compartiríamos el resto de la prepa juntos, fue como nuestro contrato de un año y medio para nuestro nuevo departamento. Fácil, amigable, pero sobre todo, con un gran sentido de significado y conexión única.
Es así como puedo decir que me siento especial por ser la única persona que conozco que ha encontrado a su media pera.

martes, 21 de septiembre de 2010

La legalidad de la amistad.

Yo sabía que no era lo correcto, y probablemente por eso, ahora estoy aquí. 
Era una buena mañana, y como todos los días, veía cómo mi mamá preparaba mi lunch. En mi pequeña lonchera, muy bien acomodados, estaban mi sandwich y mi jugo, solamente faltaba lo único que, de acuerdo a mí, valía la pena. Ya estaba acostumbrado a aquella rutina que me esperanzaba para todo el día: agachándose, en su pijama azul con florecitas, mi mamá jalaba el banquito, lo acercaba a la gabeta de la derecha junto al refrigerador y de ahí sacaba, resplandeciente, con brillo propio, mi barra de delicioso chocolate. Pero aquella mañana algo había cambiado; faltaba ya poco para la hora en la que usualmente me llevaban a la escuela y aún no jalaba el banquito. Esperando, pacientemente, ese mágico momento nunca llegó. En vez de buscar la gabeta de todas las mañanas, abrió el refrigerador, se agachó y de la bandeja que más odio en toda la casa, sacó una manzana, la acomodó junto con mis demás alimentos y la cerró. Yo creía que con mi cara todo había quedado claro: mi desconcierto, mi asombro y a la vez perplejidad estaba marcada en toda mi cara, pero mi mamá parecía no captarlo, entonces, tuve que preguntarle: 
- ¿Una manzana? ¿Porqué? ¿...Y mi chocolate?
- Mi vida, hubo una junta escolar y la directora ha quedado con nosotros en prohibir los dulces en la escuela, entonces, de ahora en adelante, te mandaré fruta. Mañana tú puedes elegir la que quieras. 
‘¡¿Qué?!’ pensé. No podía creerlo. Aún con mi rostro tapeado de incredulidad, mi mamá me dio un beso en la frente y se despidió de mí. 
Camino a la escuela seguía pensando en aquél incidente, grave incidente que sucedió en la cocina. Mi papá me hablaba y hablaba, pero yo no ponía atención. Él parecía no darse cuenta, finalmente llegamos a mi primaria, se despidió de mí y, como un zombie, caminé hasta mi salón. Era lunes; los lunes, usualmente, el salón se llenaba de voces y gritos, ese día, el salón estaba lleno de silencio, puro e inocente silencio. 
Después de lo que pareció una semana entera para mí, entró la maestra al salón, acomodó sus cosas en el escritorio, y comenzó a hablar. 
-Niños, ¡buenos días! ¿Cómo les fue el fin de semana? - preguntó con una sonrisa en su rostro. Nadie contestó. - Bueno...tal vez sus papás ya les comentaron algo al respecto, pero por si acaso lo comentaré. La escuela ha llegado a la decisión de no vender dulces, y tampoco de que los coman dentro de la escuela; esto es por que se busca que ustedes coman mejor, más sano. ¡¿A quién le gustan las manzanas?! - preguntó emocionada, a lo cual, nuevamente, nadie contestó. - Bueno...espero que respeten ésta nueva regla. Si alguno es sorprendido comiendo dulces, va a tener que ser llevado con la directora y ella les pondrá una sanción. Bien, empecemos con la clase de hoy. Hoy vamos a hablar de el Porfiriato; a esta época se le llamaba...- No podía creerlo. ¿Cero dulces en la escuela? Volteé a ver a mis demás compañeros y todos se veían igual de perplejos que yo, era un salón lleno de zombies, incluso mi mejor amigo, Carlos, se veìa increíblemente triste, y eso que él era el mejor cuenta chistes de todo el salón. 
En el primer receso usualmente todos comíamos nuestro lunch. Ahora todos abrían sus loncheras con cara de decepción y tristeza. La mayoría llevaban manzanas, pero también había peras, duraznos y uno que otro plátano; a los más afortunados, su respectiva fruta iba acompañada de un poco de chilito con limón. 
El día terminó y regresé a casa, era hora de la comida y no tenía hambre. Comí lo suficiente para no despertar una pelea en la mesa y me fui directo a mi cuarto. Toda la tarde la ocupé en pensar en mi problema, ese gran problema que me atormentaría por el resto mi vida, no me imaginaba el resto de mis días sin dulces, sin aquél dulce fin a esos 20 minutos de delicia culinaria. Después de unas horas, decidí despejarme un poco la cabeza. 
- ¡Mamá, voy a casa de Carlitos! - le grité desde el pie de las escaleras, y sin esperar una respuesta, me fui. 
Llegué a casa de Carlos, toqué el timbre y me abrió su mamá. 
- ¡Hola Checo! Te ves muy triste. Carlitos está igual, no sé qué le pasa, pero qué bueno que viniste, a ver si se anima.Sí, gracias Señora, con permiso.
Subí las escaleras hasta llegar a la puerta llena de calcomanías de luchadores de la WWE. Abrí la puerta, y ahí estaba mi amigo, tirado en la cama junto con Místico, su perro schnawzer, el cual, cabe mencionar, era el perro más alegre del mundo; yo creo que, entre sus amigos perros, debe ser igual que Carlitos, el perro mejor cuenta chistes, pero ese día se veía tan deprimido como él, como si le hubiera contagiado con su tristeza.
- Hola Carlitos.- No hubo respuesta. Me paré junto a él. - ¿Carlitos?
- Sin dulces. - Me respondió con la mirada fija al techo. - ¿Puedes imaginarlo? ¡Sin dulces! ¿Qué vamos a hacer?
- Ya sé - me recosté junto a Místico. No se inmutó. - Tenemos que hacer algo.
Toda esa tarde nos dedicamos a idear un plan para sobrevivir los días de escuela. Después de un rato de silencio, se me ocurrió:
- ¡Vendamos dulces en la escuela! - Carlos, desde que llegamos no me había volteado a ver, pero aparentemente dije las palabras mágicas para que me dedicara una mirada. - ¡Sí! Compremos dulces y los vendemos en la escuela. ¿Te imaginas todos los días como hoy? Llegar a un salón lleno de silencio, con un ejército zombie, que a la hora del recreo ni siquiera el golpeo de una pelota se pueda escuchar. Tenemos que hacerlo. 
Decidido, Carlitos rompió su alcancía de cochinito y comenzó a contar su dinero. 
- Tengo $67 pesos.
- Yo tengo $49. Vamos a la tienda. 
Salimos de la tienda con una bolsa llena de chocolates, teníamos 40 chocolates.
Ya era tarde, entonces, cada quién se fue a su casa. Yo me llevé la bolsa con nuestro tesoro. Llegué a casa y, como si llevase algo ilegal, furtivamente subí a mi cuarto a buscar un escondite digno del botín justo a tiempo para que mi mamá no viera lo que tan celosamente guardaba. 
- Hola Checo, ¿cómo está Carlitos? - Me sentía muy nervioso, las manos me sudaban y sentía una gota más recorrer mi espalda. Respondí lo más tranquilo que pude.
- Bien ma, está muy bien.
Cuando me di cuenta, ya era la mañana siguiente. Emocionado, como si fuera Navidad, me desperté antes de que sonara mi despertador. Me dirigí hacia el lugar donde había escondido la bolsa de chocolates y, procurando no hacer ruido, comencé a acomodarlos en mi mochila. Todo lo demás en la mañana siguió normal: me bañé, bajé a desayunar, y a continuación, vi cómo, nuevamente, mi mamá con esa pijama azul de florecitas, sacaba ahora un durazno del refrigerador y lo ponía cuidadosamente en mi lonchera. Salí de la casa, me metí al coche, llegué a la escuela y justo en la entrada, me encontré a Carlitos. 
- ¿Los trajiste?
- Sí.
Caminamos juntos hasta el salón y durante toda la mañana, no alejamos la vista del reloj, esperando impacientemente a que diera la hora de receso. Finalmente, lo que parecía una eternidad, llegó la hora. 
No sabía exactamente cómo iba a funcionar todo, pero algo se me tenía que ocurrir lo suficientemente discreto para mantenerlo en el anonimato. Carlitos se ocupó de correr la voz y, en seguida, los compañeros empezaron a llegar. Todos, con voz baja, me preguntaban si era cierto, si el rumor era verdad. Todo era verdad.
Al paso de los días, sin que me diera cuenta, nuestro ánimo por sobrellevar los días en la escuela se había convertido en un lucrativo negocio y era aparente que era yo el que llevaba el mando. Las ganancias eran suficientes para que solamente yo me dedicara a todo, y poco a poco Carlitos lo comenzaba a resentir. 
Nos distanciamos mucho, eso era palpable, y mis intentos por poder alejar la amistad de lo que parecía romperla, eran en vano. Comenzaba a mirarme despectivamente, como para abajo. Sentía cómo antes nuestras tardes ya eran solamente mías y las suyas, a parte.
Ya iban como 4 meses desde que comenzó todo y los profesores comenzaban a sospechar. Creo que había estado tan cómodo en mi espacio que no había notado lo difícil que empezaba a ser mantener todo en secreto, y Carlitos parecía notarlo también. Temía que su ahora resentimiento hacia mí lo llevara a tomar una mala decisión. No era posible, éramos amigos; él no iba a dejar que unos cuantos dulces se metieran entre nosotros. 
Era una mañana como cualquiera, me levanté al sonido de mi horrible despertador y comencé a vaciar los chocolates en mi mochila. Desayuné, una manzana iba a mi lonchera, me subí al coche y llegué a la escuela. El reloj marcaban ya las 10 de la mañana. Receso.
Cada día, en punto de las 10am, como un ritual bien conocido por todos, se me acercaban uno por uno junto al basurero del patio a pedirme aquél manjar que les hacía su día entero, pero ese día algo estaba pasando; todos los que usualmente llegaban a pedirme desesperadamente una pieza de chocolate no llegaban, llegaron uno, dos o tres, ni siquiera estoy seguro de que haya habido un tercero hasta que me di cuenta que todos se dirigían hacia el otro extremo del patio. En seguida, le pregunté a una niña que estaba junto de mí qué sucedía.
- Carlitos tiene dulces de tamarindo.
Tardé un poco en procesar la información. ¿Cómo es que él no me había dicho nada? Sonó la campana, tuve que regresar al salón. La clase entera olía a tamarindo, ese rico dulce con picante. No podía creerlo. Buscaba su mirada pero él la evadía. La busqué una última vez y ahora me miró de vuelta con una sonrisa burlona. No lo volví a ver en lo que restó del día. 
Cuando llegué a casa decidí que lo mejor era ir a verlo y platicar de lo que había pasado. A final de cuentas, él era mi mejor amigo y no podía dejar que esta situación que durante tanto tiempo ignoré siguiera creciendo. 
Toqué el timbre, me abrió su mamá, y me recibió con una amable sonrisa.
- ¡Checo! Hace mucho que no venías a la casa. Pasa, pasa. Carlitos está encerrado en su cuarto.
Pasé, subí las escaleras y, como nunca antes lo había hecho, toqué. Se escucharon ruidos y pasos torpes, me abrió y de una cara nerviosa, pasó a ser una semblanza de decepción.
- Eres tú. ¿Qué haces aquí?
- Vine a verte Carlitos, hace mucho que no platicamos ¿Qué haces? - Pasé sin que me lo dijera.
- Nada. ¿Qué quieres? Contestó cortantemente.
- ¿Qué te pasa?
- ¿Qué me pasa? Nada. ¿A qué viniste? 
- No entiendo qué es lo que sucede. ¿Porqué me hablas así? ¿Porqué estás tan enojado conmigo?
- ¿Porqué? ¿Me preguntas porqué? ¡Me dejaste fuera!
- ¿Fuera de qué?
- ¡Fuera del negocio! No sé en qué momento decidiste que podías hacerlo solo, pero sabes qué, los dos podemos, sí, los 
dos podemos competir en ésto, y no me vas a ganar.
- ¡¿Competir en qué?! Carlitos, ¡estás loco!
- Claro que no, yo vi cómo es que te emocionaba ser el más popular de la escuela, pero ahora verás cómo es que yo lo soy, cómo es que todo el mundo me va a buscar a mí y no a tí. Tus chocolates ya hartaron a todos, ahora soy yo al que quieren. 
- Carlitos, ésto no tiene nada que ver con que quiera ser popular o no, tú sabes que eres mi mejor amigo.
- ¡Ah! ¿Lo soy? Pues no lo creo. Yo creo que elegiste a tus chocolates en vez de a mí, ahora por favor salte porque tengo que salir a comprar más dulces.
Desilusionado, triste, y sin saber qué hacer, opté por salir. No nos dijimos nada más.
Después de ese día, todo se convirtió en una guerra. Así como las describen en las noticias, llena de enojo, odio y codicia, sentía como el ambiente estaba tenso en el salón de clases, no sólo en el salón, sino en la escuela entera. Era obvio cómo es que los maestros empezaban a sospechar, pero eso no era lo que me preocupaba; el conocer a donde podríamos llegar él y yo era lo que más me preocupaba. 
La batalla fue ardua, intensa, decisiva...letal; una batalla a muerte. La ley del más fuerte. Sólo el mismísimo Darwin hubiera entendido de lo que estaba hablando. El rumor, que, en efecto, era cierto, llegó a oídos de las autoridades. 
Ahora, heme aquí, cara a cara con ‘mi mejor amigo’, el buen Carlitos, deseando nunca haber entrado a un mundo tan turbio, tan disperso, tan volátil, como el de los dulces clandestinos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Mini-novela al Cuac.

No sé porqué, pero ahí yo me encontraba; sola frente a un pequeño río que pasaba de manera tranquila, dejando escuchar el agua que llevaba. Por alguna extraña razón se veía limpia, muy azul, no cristalina pero sí lo suficiente para adjetivarla como limpia. No había nada al rededor, solo pasto y un árbol verde, muy verde, junto de mí. No sé porqué no me senté, ya llevaba bastante tiempo ahí, creo que solo contemplaba el agua pasar. Me sentía un poco melancólica, no sé a ciencia cierta en qué estaba pensando, ni qué me estaba pasando pero seguramente reflexionaba acerca de mi estado de ánimo. De repente, pasó algo extraño: un pequeño pato, manera muy graciosa meneándose de un lado a otro en su caminar, se acercó a mí, se paró junto y nos quedamos viendo por un momento. Seguramente fue cuestión de segundos, pero mientras analizaba lo extraño y un poco cómico de la situación, sentí que fueron varios minutos; seguramente si alguien hubiera tomado una foto de aquél momento, hubiera quedado un cuadro muy gracioso. Finalmente me agaché hacia él, como esperando que me dijera (sí, el pato) qué hacía allí, junto a mí, parado con su cara simpática y de ingenuidad. Conforme me agachaba noté que tenía algo amarrado a su pata izquierda. Era un pedazo de papel enrollado. Me senté. Amablemente el patito dejó que tomase la nota y, pasado el acto, se despidió de mí con un simpático y sencillo 'Cuac'.
- Qué educado pato.- Pensé. Aunque pensándolo bien, no habría sido por amabilidad, sino simplemente porque los patos hacen 'Cuac', no me podía decir "Hola" o "Adiós", así que con su natural línea de conversación, vi cómo se iba meneándose de un lado a otro por el verde campo.
Desenrollé el pedazo de papel, asumiendo que era para mí, puesto que no había nadie más en el lugar. Mientras descubría el mensaje que contenía el papel, pensaba: - Un pato mensajero. Qué manera tan extraña de enviar una carta. - No sabía si decidirme entre original o bizarro. No tenía idea de quién pudiera hacer algo así. 
Llena de anticipación, estiré la hoja de papel para leer el mensaje. La pequeña nota, leía lo siguiente:
"Cuac."
'Cuac'. Era todo. No decía más. Entonces, lo supe. Solamente una persona podría haber escrito eso. 
Aunque aparentemente era una simple palabra, si es que siquiera se puede definir como palabra, detrás tenía un mensaje entero; un libro completo; un poema, una canción. Un sentimiento. Solamente se me podía ocurrir una persona en todo el mundo que pudiera elegir un patito para entregarme un mensaje que decía un sola cosa y todo un mundo de palabras a la vez. 
Mi melancolía, mi tristeza, mi estupidez. Todo se iba lentamente, muy lentamente. Ahora ese 'Cuac' ya no sonaba a algo que diría un pato; ahora era enérgico, alegre, lleno de ganas. Era un mensaje de ánimo y de apoyo. De repente se convirtió en un 'Todo va a estar bien', en un mensaje de amistad, de esperanza, se convirtió en un 'Te amo'. 
¿Porqué había estado tan preocupada? ¿Porqué había dejado que la incertidumbre de lo desconocido me afligiera? ¿Qué no es eso parte de la vida? Aún a distancia, se puede sentir, se puede oler, se puede palpar y se puede respirar. En la histeria de la muchedumbre, una soledad vacía. El sentirse solo, incluso estando acompañado es una de las tristezas más grandes del mundo. El saber que alguien está ahí, incluso cuando no lo está, es indefinible. Incomparable. Inexplicable. Es extraordinario.
Decidí encontrar mi camino de regreso a donde sea que fuese a regresar. Realmente no sabía a dónde iba  yo, o qué clase de camino estaba buscando, así que solo me dispuse a mover las piernas y caminar. Durante mi recorrido pensé en todo lo que acababa de pasar: el pato, la nota, el 'Cuac'. Mi sentimiento iba creciendo hacia algo entre la felicidad y la tranquilidad. De repente, vi como muchos puntitos blancos se acercaban a mí. Venían caminando en dirección contraria a la mía, y cuando nos acercamos lo suficiente entre nuestros caminos, distinguí que eran patos. Muchos patitos, meneándose graciosamente de un lado a otro, todos juntitos. Se veían felices, y, a diferencia mía, ellos parecían saber exactamente a dónde iban. Algunos se desviaban en diferentes direcciones. Entonces vi que, al igual que mi pato, todos llevaban notas amarradas a su pata izquierda. Me quedé parada pues todos los patitos pasaron al rededor de mí, me quedé en medio de ellos esperando a que terminaran su desfile a mi rededor, no quería pisar a ninguno de ellos; imagínate, qué tal que alguien no recibiría su 'Cuac' por mi culpa. 
- No. Mejor dejo que pasen.- 
Uno a uno fueron pasando y, cuando ya estaban atrás de mí, voltee un momento para verlos todos en bola, y seguí mi camino. 
Seguía sin saber cuál era mi camino, lo único que sabía es que todo iba a estar bien, pues alguien me quería; alguien me amaba. Lo único que hacía falta, era un simpático y sencillo 'Cuac'.